Oikopleura

Oikopleura dioicaSólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla”, escribía Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. Y algo habla, o más bien grita, en una playa de Badalona, cerca de Barcelona: la dominada por el puente del Petróleo. Por este pantalán que se mete 250 metros en el mar Mediterráneo se descargaban productos petrolíferos hasta finales del siglo XX. Y a sus pies se levanta desde 1870 la fábrica de Anís del Mono, el licor en cuya etiqueta aparece un simio con la cara de Charles Darwin como guiño a la teoría de la evolución, por entonces polémica. Hoy, el puente del Petróleo es un precioso mirador con una estatua de bronce dedicada al mono con rostro darwinista. Y, por una casualidad que habla, entre sus paseantes habituales se encuentra un equipo de biólogos evolutivos del departamento de Genética de la Universidad de Barcelona. Caminan por la pasarela sobre el océano y lanzan un cubo para atrapar a un animal marino, el Oikopleura dioica, un bicho de tan solo tres milímetros, pero con boca, ano, cerebro y corazón. Parece insignificante, pero, como Darwin, hace que el discurso de las religiones se tambalee. Coloca al ser humano en el lugar que le corresponde: con el resto de animales. [Sigue leyendo este artículo en El País]

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3 respuestas a Oikopleura

  1. Rubén CALVINO dijo:

    Esta mirada de la evolución pareciera decirnos que en nuestro vuelo evolutivo, hay aspectos que en determinado momento y frente a ciertas circunstancias evolutivas, comienzan a gravitar negativamente y se hace imperioso deshacerse de ellos para poder así, continuar.

    De manera que si efectivamente, la pérdida de genes pudo ser clave para la consumación humana, dado que el el chimpancé, por ejemplo comparte con nosotros más del 98% de su genoma, es lícito pensar que quizás haya que buscar en las diferencias faltantes de genes, las consecuentes diferencias en el curso evolutivo.

    En este aspecto, me parece válido apuntar que además de las muy difundidas diferencias entre las variantes humanas de Homo neandertalensis y Homo sapiens, también las hubo por carencias en los neandertales de algunas experimentaciones con el propio cuerpo que nuestro linaje, conforme surge de las evidencias, habría llevado a cabo y que permiten inferir que ello pudo incidir evolutivamente.

    Si como hipotetiza Albalat, algunos estudios sugieren que la pérdida de un gen hizo que la musculatura de nuestra mandíbula fuera más pequeña y esto permitió aumentar el volumen de nuestro cráneo, porqué no pudo epigenéticamente y/o genéticamente, producirse un verdadero , “trafico de genes”, quizás, que diera finalmente como resultado a nuestro linaje.

    <>

    ¿Será que en el curso evolutivo, de lo que se trata es sencillamente de pasar de una anterioridad numéricamente grande a una ulterioridad numéricamente inferior pero cualitativa y estructuralmente distinta?

    En esto también los encéfalos de neandertales y sapiens parecieran tener algo que decir, ya que el nuestro aparece un tanto mas estructurado que aquel y curiosamente, según algunos estudios, levemente inferior en volumen.

    En fin, mucho hay para pensar y repensar!!

    Muy buen aporte Adrián!

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  2. hectorbolivar dijo:

    Sin duda la evolución biológica tiene dos consecuencias, la tendencia a aumentar la complejidad (y aquí lo digo desde una manera muy laxa) y a la reducción de costes. Oikopleura es un ejemplo de ello.
    Respecto al cerebro humano, parece sencillo caer en la cuenta que la comparación entre sapiens y neandertales es favorable hacia el cerebro mas pequeño, mas económico. También tenemos que tener en cuenta que la evolución tecnológica es parte de nuestra evolución biológica, pues es lo primero que nos rodea en el contexto en el que nos desenvolvemos.

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  3. Rubén CALVINO dijo:

    Me parece muy atinada la aclaración de Héctor, ya que nosotros no solo somos un tipo animal racional portador de un “cuerpo biológicamente heredado” y un cerebro distinto y con capacidad simbólica; en verdad, somos todo eso más el “cuerpo material inorgánico producido tecnológicamente”, el cual opera protéticamente incluso hasta en la representación (subjetividad) que de todo ello nos hacemos.
    Quizás este aspecto deba considerarse también como parte del balance evolutivo de genes adquiridos y/o desechados.

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